En Portada | Issue 21
Isaac Montijo: Escuchar también es pertenecer

Isaac Montijo: Escuchar también es pertenecer
Realización & Texto Marie Anne Arreola | Febrero 2026
Cuando Isaac Montijo habla de su música, no lo hace en términos de carrera ni de industria. Habla de pueblo, de pertenencia, de misticidad. "El punto más importante de mi trabajo es transmitir cómo se vive en un pueblo", dice. No como nostalgia, sino como una práctica viva. Montijo, cantautor y activista de la comunidad Mayo (Yoreme) del sur de Sonora, ha construido una obra que cruza géneros y geografías sin desprenderse de su raíz.
Nacido en Los Buayums, Navojoa, Montijo comenzó a presentarse profesionalmente alrededor de 2013 junto a su banda Los Buayums. Desde entonces, su música (una fusión de jazz, cumbia, mariachi y sonidos rituales indígenas) ha llegado a escenarios como el Festival Internacional Cervantino, el CENART y el FAOT. En ella conviven el acordeón, la guitarra acústica y los jirukiams y allales, instrumentos tradicionales mayo que marcan el pulso de una historia colectiva.

Montijo alterna letras en español y lengua mayo como un gesto consciente de preservación cultural. Para él, la identidad no es una etiqueta sino una responsabilidad. "Siempre estoy enfocado en la misticidad que nos rodea como Yoremes Mayos", explica. Esa mística no se diluye cuando su música sale de Sonora; se transforma en diálogo.
Uno de los retos más significativos de su trayectoria ha sido representar a su comunidad fuera del país. En Kingston, Jamaica, por ejemplo, encontró un punto de conexión inesperado. "Hicimos conexión con la cultura nyabinghi y compartimos sones tradicionales, haciendo fusión musical Mayo y nyabinghi", recuerda. Más que una colaboración estética, fue un reconocimiento mutuo entre tradiciones ancestrales.
Cuando se le pregunta si el desierto se canta distinto desde los márgenes, Montijo no duda. "Nuestra música ritual es milenaria y original", dice. "Por eso la respetamos y la preservamos. Cuando quieran escuchar algo original, vayan a las fiestas tradicionales bajo la Ramada y cierren los ojos: ahí van a estar frente a nuestros ancestros".
Algunos de los momentos que más lo han marcado como artista ocurrieron lejos de los reflectores habituales. Uno fue un concierto dentro del reclusorio de Ciudad Obregón. "Fue de las experiencias más increíbles de mi vida", afirma. Otro, tocar en el Auditorio Nacional junto a Lila Downs, una figura que, como él, entiende la música como un acto cultural y político. Con discos como México y canciones como La Coraseca y Rockerita, Isaac Montijo no busca modernizar la tradición, sino demostrar que nunca dejó de estar viva. Su música insiste en algo esencial: escuchar con atención también es una forma de pertenecer.

Hablar de prácticas artísticas como la música en México hoy implica resistirse a las simplificaciones. No todo lo que dialoga con la tradición busca preservar; no todo lo que suena antiguo mira hacia atrás. En el trabajo de Isaac Montijo no hay nostalgia ni gesto museográfico. Hay continuidad. La música aparece como una práctica cotidiana, una forma de estar en el mundo más que una declaración identitaria.
Su relevancia no está en "rescatar" una tradición, sino en vivir dentro de ella mientras compone desde el presente. En un país donde las culturas originarias suelen ser citadas solo cuando conviene al relato nacional, Montijo no explica ni traduce su lugar: lo ocupa. Su música no pide permiso ni se ofrece como espectáculo; existe, con la misma naturalidad con la que se transmiten los saberes comunitarios.
Para el norte de México, su trabajo introduce una narrativa que rara vez ocupa el centro. No el desierto como postal ni la frontera como destino, sino el territorio como experiencia sonora, como memoria activa. Lo que emerge no es una épica, sino una insistencia: que las prácticas artísticas siguen siendo una forma de relación, de comunidad, de escucha. En ese gesto (cantar sin domesticar, compartir sin suavizar) la obra de Isaac Montijo señala algo esencial sobre el presente cultural del país. No todo necesita ser traducido para ser comprendido. A veces, basta con escuchar y aceptar que no todo está hecho para el consumo rápido.

