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Gaby Meza: una voz para la nueva crítica latinoamericana


Gaby Meza: una voz para la nueva crítica latinoamericana

Realización & Texto Marie Anne Arreola   |   Fotografía Momo Gutiérrez   |   Junio 2026

Crecer en el norte del país y desarrollar una relación seria con el cine implica formarse desde un ecosistema cultural limitado, donde la oferta no está curada por festivales ni sostenida por circuitos de autor, sino determinada por la lógica de exhibición comercial. Las películas que llegaban eran las que las cadenas decidían programar; los estrenos tenían una vida corta; el acceso dependía de horarios compatibles con la vida cotidiana. Ese contexto no es meramente anecdótico, sino que configura una manera de mirar, la cual obliga a preguntarse no sólo qué estamos viendo, sino qué no estamos viendo y por qué. Específicamente en Sonora (lejos de los centros que tradicionalmente dictan conversación cultural en México) el cine funciona, con frecuencia, como una educación paralela. No sustituye la formación académica, pero sí la complementa: amplía imaginarios, introduce conflictos globales, ofrece perspectivas que no siempre encuentran eco en la programación local. Esa tensión entre disponibilidad y ausencia forma espectadores más conscientes de la estructura que sostiene la industria. También forma críticos. 

En ese escenario comenzó a consolidarse el trabajo de Gaby Meza.

Hace más de seis años empecé a seguir su trayectoria, primero como audiencia y después como colega dentro del mismo campo. Lo que distinguía su propuesta no era el volumen ni la estridencia (dos cualidades premiadas por el ecosistema digital) sino la insistencia en explicar. En un entorno dominado por el ranking inmediato y la opinión reactiva, Gaby apostó por el argumento. Su aproximación no se centraba en dictar sentencias categóricas, sino en desmenuzar decisiones formales: cómo una actuación sostiene una escena, la forma en que el diseño de producción refuerza una tesis narrativa, o la manera en que la dirección articula tono y ritmo. Ese enfoque tiene implicaciones culturales claras. 

Hablar de cine con rigor desde Hermosillo cuestiona la idea de que el análisis especializado pertenece exclusivamente a la capital, y desplaza la conversación hacia un mapa más amplio, donde la crítica latinoamericana puede construirse desde múltiples geografías sin perder densidad conceptual. También implica una forma de bilingüismo cultural: dialogar con Hollywood y con cinematografías internacionales mientras se mantiene conciencia del contexto local y regional.

Con el paso de los años, la voz de Meza se ha vuelto más precisa y más firme. Su comunidad creció, pero el estándar de análisis no se diluyó. En un momento en que los algoritmos privilegian la inmediatez y la confrontación, ella ha sostenido una práctica crítica que puede ser contundente sin caer en lo incendiario. Esa consistencia es resultado de disciplina y de una ética profesional clara. 

Hoy dirige Fuera de Foco y es crítica certificada en Rotten Tomatoes, además de desempeñarse como periodista especializada en reseñas cinematográficas. La certificación no es un simple distintivo; representa reconocimiento dentro de una industria que históricamente ha distribuido legitimidad de manera desigual, particularmente hacia mujeres y voces latinoamericanas. Alcanzarla supone exposición pública sostenida, coherencia editorial y la capacidad de mantener una postura en un entorno marcado por la polarización. Seguir su carrera durante más de seis años también ha permitido observar una transformación más amplia: la crítica contemporánea ya no puede limitarse al análisis técnico aislado de su contexto. Las discusiones sobre representación, inclusión, racismo y perspectiva de género se han vuelto centrales en la lectura del cine actual. Al mismo tiempo, el streaming ha reconfigurado el acceso y la visibilidad, mientras que la inteligencia artificial comienza a intervenir procesos creativos que hasta hace poco parecían exclusivamente humanos. La conversación sobre cine es ahora, inevitablemente, una conversación sobre industria, tecnología y poder cultural.

Entrevistar a Meza en este momento no responde a una lógica conmemorativa, sino a una necesidad analítica. Su trayectoria encarna una forma de hacer crítica desde América Latina que combina claridad conceptual, accesibilidad y responsabilidad pública. Que sea la portada número 23 de VOCES funciona, en ese sentido, como una declaración editorial: el rigor no depende del centro geográfico, sino del compromiso sostenido con el pensamiento. Y hoy, más que nunca, pensar el cine es una forma de intervenir en la conversación cultural contemporánea.

MARIE ANNE: A lo largo de tu trayectoria has construido una voz crítica muy cercana a la audiencia sin sacrificar profundidad analítica. ¿Cómo describirías la evolución de tu relación personal con el cine desde que comenzaste hasta hoy?

GABY MEZA: Creo que mi relación con el cine empezó desde un lugar muy ingenuo, en el mejor sentido. Yo soy de Hermosillo, Sonora, donde no abundan los museos ni las salas de arte, entonces lo que conocía de cine era realmente poco. Estudiar la carrera fue como abrir la primera puerta hacia una forma completamente distinta de hacer y entender el cine: leerlo, analizarlo, interpretarlo. Fue como abrir una caja del tesoro. De pronto era: "ah, esta película quiere decir esto", "los colores se pueden interpretar así". Esa emoción quise contagiarla en mi canal de YouTube. Compartir esa nueva forma de mirar.

Después, claro, al ser principiante en la crítica, tuve que aprender más, leer más, estudiar más. Estaba en desventaja frente a gente con años hablando de cine. Mi relación pasó entonces por querer hacerla más formal, menos ambigua, menos genérica en cómo me refería a las películas. Hubo un momento en que sentía la necesidad de ser todavía más analítica, incluso más cerebral que pasional. Y creo que también había cierta inseguridad ahí. Con los años, y con más autoestima y confianza en mis opiniones, he llegado a un balance: puedo conservar esa emoción casi ingenua del descubrimiento, pero con herramientas para hacer un análisis más profundo. Hoy siento que logré ese equilibrio.

MA: Tu trabajo se sitúa entre la crítica especializada y la divulgación cultural. ¿Cómo equilibras el análisis técnico y narrativo con la responsabilidad de hacer el cine accesible para audiencias diversas?

GM: Creo que tiene que ver con que yo también estuve (y sigo estando) en los zapatos del espectador promedio en México. No somos un país con acceso amplio a todo tipo de cine extranjero; lo que llega a las grandes cadenas suele estar preseleccionado, además del cine hollywoodense súper comercial. Entonces, más que pensar en "hacer accesible" el cine, porque el cine ya está ahí, mi objetivo es que la gente entienda por qué una película funciona o no. Yo puedo hablar de una película extranjera de un director reconocido, que quizá no es un live action de Disney y no va a llamar tanto la atención, pero me gusta no dejarla fuera del radar. Al mismo tiempo, hablo muchísimo de cine comercial, porque es el mismo que veo yo. No se trata de descalificar gustos ni de empujar a la gente a consumir algo distinto, sino de que puedan salir del cine sabiendo qué les provocó lo que sintieron. Si funcionó, ¿por qué funcionó? ¿Fue la actuación, el diseño de producción, la dirección? Es tomar incluso la película más comercial y entender qué elementos la hacen efectiva. Creo que ese es el equilibrio.

MA: Crear contenido hoy implica dialogar con algoritmos, ritmos acelerados y saturación constante de estrenos. ¿Cuáles son los retos más complejos de producir crítica en este ecosistema digital?

GM: Esa es una excelente pregunta. Me siento muy afortunada de haber empezado antes de la avalancha de redes como TikTok o Instagram. Logré consolidar una comunidad en YouTube que, aunque no sea de millones, sí son personas que entran directamente a buscar una opinión. Eso me da libertad. En redes sociales el juego es distinto. Ya no le hablas solo a tu comunidad, sino a millones de personas que no saben quién eres ni qué trayectoria tienes. Entonces aparecen comentarios como: "ahora cualquiera se cree crítico".

El reto es capturar la atención en los primeros segundos sin caer en lo banal. Es decir: ya tengo tu atención, ahora déjame darte algo sustancioso. En YouTube tengo quince minutos; en redes, dos. Adaptarme a eso me ha costado mucho, porque yo no soy de respuestas cortas. Siempre digo que no tengo tiempo de escribir poco. Y además está el algoritmo. Es muy fácil dejarte seducir por él y empezar a diluir tu análisis y tu personalidad con tal de conquistar nuevas audiencias. Encontrar ese balance entre crecer y no traicionarte es, creo, uno de los retos más complejos.

MA: En tu experiencia, ¿qué te ha enseñado el cine sobre cómo procesamos emociones, memoria o identidad colectiva?

GM: Lo que más me gusta del cine es conocer realidades ajenas a la mía que, aun así, comparten emociones profundamente humanas. Me parece un espacio de catarsis muy potente. No siempre sabemos procesar nuestras emociones. A mí me interesa mucho el psicoanálisis, y cuestionarnos por qué hacemos lo que hacemos es dificilísimo. En cambio, en una sala de cine alguien puede llorar, enojarse o conmoverse sin entender del todo por qué. Puede decir "me encantó este personaje" sin darse cuenta de que le conmovió porque sus propios sentimientos resonaron ahí. Incluso la persona más hermética puede quebrarse frente a una historia que cree ajena, pero que en realidad está tocando algo muy profundo. Ese poder detonador del cine me parece maravilloso.

MA: ¿Qué narrativas o preocupaciones sociales sientes que el cine contemporáneo está reflejando con mayor urgencia?

GM: Yo diría que la inclusión, la discriminación y el racismo. En general, la mirada hacia "el otro". Hay una necesidad muy clara de cuestionar por qué existe esa segregación o esa devaluación de lo diferente, ya sea por raza, orientación sexual o género. 

También estamos viendo más historias contadas desde perspectivas que históricamente no habían tenido espacio. El caso de las mujeres es muy claro: no somos minoría numérica, pero sí han sido pocas las historias contadas desde nuestra perspectiva. 

Hay una línea en el cine contemporáneo que busca una voz política y social más directa. Al final, todo es político, pero hay películas que lo abordan de forma mucho más frontal.

MA: La crítica implica vulnerabilidad: posicionarse, argumentar, dialogar con desacuerdos. ¿Cómo navegas la exposición pública y la responsabilidad de tener una plataforma influyente?

GM: No desde la victimización, pero sí creo que es más difícil ganarte la confianza en este nicho siendo mujer. La opinión masculina suele tener validación automática; la femenina se cuestiona más. Afortunadamente, mi comunidad en YouTube me respeta, aunque no esté de acuerdo conmigo. Pero en redes sociales, si tomo una postura, llegan cuestionamientos infinitos. Entonces he tenido que aprender a plantarme con seguridad en mis ideas y en mi brújula moral. Es muy fácil desistir cuando cientos de personas te contradicen. 

Y vivimos en una época de muchísima polarización: si antes era conflictivo decir algo, ahora lo es diez veces más. Intento operar desde la mayor neutralidad posible en la crítica. No me interesa ser destructiva ni juzgar gustos. Pero cuando una postura es más fuerte, tienes que aceptar que habrá gente que no estará de acuerdo, incluso que dejará de consumir tu contenido. Es parte de ser figura pública. Si empiezas a limitar tu opinión por miedo, pierdes autenticidad.

MA: Mirando hacia el futuro, ¿qué transformaciones dentro del cine te entusiasman o te generan curiosidad como espectadora y como crítica?

GM: Me emociona que el cine siga ampliando la perspectiva del otro. Me fascina cómo un mismo evento puede ser contado de formas completamente distintas, incluso dentro de una misma familia. Si lo llevas a culturas distintas, el resultado es aún más impresionante.

Como crítica, me da mucha curiosidad la inteligencia artificial. No estoy a favor del reemplazo humano en lo artístico, pero sería ingenuo pensar que no va a afectar procesos técnicos e incluso creativos: guion, diseño, producción. Me pregunto si veremos películas hechas con inteligencia artificial, si el usuario podrá personalizarlas, si eso generará historias más interesantes o un desinterés ante una oferta masiva. Lo que entendemos como cine probablemente cambiará.

Todo lo que viene con la ola de la inteligencia artificial va a arrastrar muchas cosas. Da miedo, sí, pero también curiosidad. Y creo que parte del proceso será ver cómo evoluciono yo misma frente a esos cambios.